27/12 - De La Quiaca a Potosí

Al Altoperu se accede en Argentina, muchos kilómetros antes de Bolivia. Una vez que se trepa la bellísima Quebrada de Humahuca se desemboca en la puna jujeña que es el relieve que una meseta con todas las características orográficas y humanas que veremos mas al norte. Ya en Abra Pampa estamos a 3.484 metros de altitud sobre el nivel del mar y nos miran el cerro Azul Casa de 5.009 o el Minero de 4.960. No descenderemos de esas cotas por 1.500 kms.

La Quiaca-Villazón es como todo conglomerado fronterizo un hervidero de gente (mas de 60.000 almas) que transita de un lado al otro en interminable intercambio kilero. Tres puentes (ferroviario, peatonal y vial) atraviesan el rio Sococha que hace de límite internacional. Los dos primeros están inhabilitados porque trenes no circulan desde Menem (pensar que existió una frecuencia Buenos Aires- La Paz). Autos locales no trasponen la barrera y los de a pie ocupan toda la calzada.

El paso se habilita a las 07:00 informa el gendarme. Al otro día, con pasaje en mano para Potosi a las 08:00, madrugamos y media hora antes somos los segundos en la incipiente cola, detrás de una señora peruana que viaja desde Rio Gallegos a Puno (casi 6.000 km). Detrás nuestro, mochileros de Nueva Zelanda y Australia. Y con el transcurrir de los minutos mas personas que necesitan formalizar el trámite migratorio para proseguir Bolivia adentro o continuar a otros países. Treinta minutos después de lo estipulado, un uniformado sin ganas (aun estamos en Argentina) entreabre la ventanilla (no es cuestión de resfriarse por el frescor matinal) y salimos de Argentina sin inconvenientes. Cincuenta metros después nos recibe la modesta oficina boliviana con diligente atención. El agente migratorio nos provee de un formulario e indica donde y como llenarlo. Mostramos los documentos, los sellan y otorgan la visa turística. Entramos a Bolivia.

Por la calleja principal tranqueamos a la terminal de omnibuses. Están abriendo los comercios, kioscos, locales y en un rato, veredas y calzada se convertirán en aquelarre fenicio, colorido, donde se ofrece de todo, en especial tejidos y mantas típicas. Cual reducto turco o judío porteño o montevideano (el Once, la Salada, Reus al norte) me recuerda "la línea" Sant´ana- Rivera (Brasil- Uruguay) que visitaba en mi infancia tacuaremboense a por yerba, azúcar y fariña... Ese menudeo se incrementa al por mayor con el contrabando. Desde el puente, vimos sortear el hilo de agua, a pie o en bicicleta, bultos enormes. Siempre hay artículos mas baratos de un lado o del otro, aunque en general al cambio actual (1 argentino= 1,65 bolivianos) todo es más conveniente en Bolivia. El taxista quiaqueño conto que las cubiertas automotrices cuestan un tercio y los contrabandistas "las pasan" en cantidades, nadie sabe como.

Quisieran Argentina y Uruguay poseer una plaza como la de Villazón, enjardinada, decorada con estatuas y alegorías escultóricas relucientes, intocables; bancos de descanso en madera con pies de hierro fundido y patinado; limpia como toda la ciudad.

De lengua de afuera llegamos a la terminal, premiados con la diferencia horaria (Bolivia tiene una hora menos que Argentina). Hay margen para aprovisionarnos y recorrer el lugar y alrededores, otro hormiguero donde se entrevera la pobreza, pululan los personajes y vestuarios originarios. Se vende lo que venga: tortillas, empanadas, jugos, frutas, caramelos, chicharrones, garrapiñada, café, encendedores, pilas, habas y maníes secos... Reforzamos el desayuno argentino con una copita espumosa de leche de burra ordeñada al paso, mientras el borriquito hambriento (luce embolsado su hocico para que no mame y agote la fuente de ingresos de la dueña) husmea nuestra bolsa de víveres. La chola declara con solemnidad que el liquido es bueno para los pulmones, vigoriza y acaba con cuanto microbio pudiera infectarnos...

A las 08:20, con retraso (Bolivia como Argentina esta en Latinoamerica...) partimos en El Chincheño, un Volvo de dos pisos con asientos reclinables y vista panorámica porque pude adquirir tres lugares en primera fila, con el parabrisas en las narices. El vehículo luce buen estado aunque denota el traqueteo intenso. Enseguida surgen detalles que caracterizan al transporte público boliviano, caso el apiñamiento de pasajeros, con el aumento de las hileras de asiento y reducción del espacio entre ellas, de manera que arriba alinean 14 filas de 4 butacas y abajo 7 x 4... ¡84! Tuvieron que eliminar el baño... El aire acondicionado casi no respira. Y median 10 horas hasta Potosi -según lo anunciado-, para cubrir los 348 km que marca el mapa!

Grata sorpresa: la carretera es nueva, no tiene señalamiento ni demarcación, pero su piso es parejo. Hasta que a los 20 km empiezan a sucederse desvíos porque faltan terminar puentes y alcantarillas. Entonces empezamos a saborear el tierral boliviano que se cuela por todos los intersticios... junto con el calor. Después faltan tramos enteros y circulamos por el camino viejo, quebrado y polvoriento. La ruta en construcción revela importante obra de intercomunicación moderna para romper el aislamiento del sur con el resto del país. Una vía troncal de la frontera a Potosi donde empalmara con la Panamericana que ya existe, pavimentada a Oruro, La Paz (con desvíos a Sucre y Cochabamba, el centro del país) y la frontera peruana. A los llanos de Santa cruz también hay carretera asfaltada.

La inmensa pampa que surcamos indica en plenitud por que se habla del país del altiplano. Es un plato gigantesco solo alterado en el horizonte por cordones montañosos a derecha (E) e izquierda (O). Al medio, aridez y desolación absoluta, casi un desierto a no ser por los matorrales y arbustos espinosos. Hasta que la monotonía ocre arenosa se interrumpe de golpe cuando asoma el valle de Tupiza, en el fondo de agreste paisaje. Se inicia el descenso abrupto que nos hace adquirir cabal conciencia de la dimensión y monumentalidad de la obra pública emprendida: se suceden zig-zag, gigantescas excavaciones, desmontes titánicos, terraplenes inmensos, puentes, viaductos y colosales movimientos de tierra y rocas.

Se abre a los ojos el verde que solo puede generar un rio y el reparo de los cerros a la inclemencia semidesértica de las alturas. Aparecen sauces, ceibos, cuadros de verduras, hortalizas y frutales, olivares y viñatales, fincas y caseríos. Después de recorrer a lo largo el oasis, cruzamos el puente de un típico rio de montaña, apenas un hilito de agua en medio del mar de pedregullo, piedras y rocas que advierten de sus desbordes torrentosos en temporada de lluvias o deshielo. Estamos en Tupiza, pues. Importante ciudad del sur boliviano, muy pintoresca, clavada entre cerros mostaza-cobre-rojizos. A su Iglesia vino a parar en 1841-si la memoria no me falla- el corazón de Lavalle después de la persecución de Oribe. El grupo de sus más fieles soldados unitarios quisieron resguardar así esa reliquia requerida por los federales. Quede con ganas de visitar esta localidad y conocer sus atractivos.

Ahora la altiplanicie anterior desaparece y nos internamos por intrincadas quebradas, constantes faldeos, túneles cavados en la roca viva, que nos despierta más admiración por la obra de ingeniería que significa la carretera en construcción. Pasamos de un valle a otro, hasta recalar en Cotagaita. Mi vocación histórica se sacude -antes pasamos por Suipacha-, y memoro los sucesos patrios que tuvieron lugar en estos sitios hace 200 años: el 27 de octubre de 1810 en Cotagaita, el Ejercito Realista a la cabeza del Coronel Jose de Cordova derroto al Primer Ejercito Auxiliar Argentino, comandado por Antonio Balcarce mas otros chicheños del lugar. Tras la derrota, los patriotas se replegaron hacia Tupiza, y reforzados por la caballería chicheña a las órdenes de Pedro Arraya, se reagruparon en la población potosina de Suipacha. El 7 de noviembre derrotaron a los españoles, convirtiéndose esta batalla en el primer triunfo de las armas americanas, cuando rioplatenses y altoperunos éramos parte de una Nación que nacía a la Independencia. Y pienso ¡como pudieron librar combate en semejantes anfractuosidades geográficas!

En Cotagaita el ómnibus hace alto para que almorcemos y precavidos ante el mal de altura -y repentinas bajuras-, apenas probamos bocado de nuestras vituallas, mas, si, una chuleta a las brasas, bien salada como pide el cuerpo, con ensalada y arroz servido con la mano. Y una bebida azucarada porque el calor agobia. E higos, cosecha de una lugareña que los vende por docena en el estribo del bus.

A partir de Cotagaita, la ruta luce concluida con pavimento de cemento, rayado para facilitar el agarre en épocas de lluvias. Se ha agrietado en varios tramos, evidencia de base mal consolidada y error en la proporción de la mezcla de los materiales empleados. Fuente segura de pleitos entre el Estado y la empresa adjudicataria (me enteran que es la primera carretera con este tipo de pavimento en Bolivia).

El vehículo había dado algunas señales de calentura. Ahora el camino trepa interminables cuestas y exige el motor al límite. Hasta que al culminar una de estas, dice basta y se para. Perdió toda el agua refrigerante por un mangón pinchado. Pie a tierra entre el humo, chirridos metálicos y olor a quemado. Son las 15:40 en medio de la nada, sin señal telefónica para pedir auxilio y en una ruta poco transitada. Ni un auto, apenas algún camión de tanto en tanto, una 4 x 4 u otro ómnibus, que cuando divisan la montonera y los pasajeros (acostumbrados a estas peripecias) se le tiran encima, pegan el volantazo, imprimen velocidad y huyen... El chofer-mecánico se mete entre el motor y tira debajo, enfundado en su overol naranja (única previsión para la emergencia), quemándose, para diagnosticar la avería. El pasaje colecta jabón, chicles, masticables y alguna espina de cardón para taponar el agujero. Pero no hay agua de reposición, así que requisan la que cada uno tiene para aliviar la sed ¡en medio del desierto! y con miras a pasar la noche aislados... Un paisano coqueado, junto a dos o tres voluntarios y el guarda del ómnibus, arrancan con bidones y un balde de 20 litros. Tras 4 kilómetros encuentran un rancho cuya dueña les indica un pozo secreto y salvador. Y vuelven jadeantes y festivos. En el último trecho los alcanza y ayuda un gringo australiano, mientras le grito ¡viva el turismo de aventura!

Casi 3 horas y media disfrutamos del percance, una espectacular tormenta que amenazaba proveer del líquido faltante y una formidable puesta de sol. Mientras, los pasajeros deambulaban entre cactus y matorrales, disimulando la satisfacción de sus necesidades fisiológicas. La inverosímil situación concluye con el rugido del motor, que aunque parezca mentira, arranca y ronronea en sin par muestra de nobleza mecánica. Aligerado de peso, porque muchos lograron treparse a cualquier movilidad y se fueron, reanudamos la marcha. Ahora por camino de tierra, a velocidad vertiginosa (aumentada por la oscuridad). No pegamos el ojo hasta volver al asfalto en el tramo final.

Se divisan las luces mineras que dibujan la silueta del famoso cerro de Potosi. Hasta que a las 22:30 llegamos a la Imperial Villa española, de 180.000 habitantes y situada a 4.070 m.s.n.m. (la ciudad más alta del mundo). Tiene la terminal mas moderna y hermosa del continente, desierta a esta hora. Encima, nuestro Volvo aparca en la parte posterior... Con noche cerrada, frio intenso, sin conocer nadita, sin plano guía, nos metemos en el primer alojamiento a mano. Ofrece habitación al frente con cortina metálica (será local cuando terminen la edificación en planta alta) por donde se cuela el chijete helado. Y baño compartido al fondo del pasillo. De toallas, ni noticias. Mucho menos, bidet que es un artefacto desconocido en estas latitudes. Las camas son confortables, bien arropadas y ante la posibilidad de haber pernotado apretujados en la ruta, dormimos plácidamente...

Al otro día me despierto a las 04:30 ¡tanto lo dormido de un tirón! Síntoma del mal de altura es el insomnio, además de la inapetencia. Marcela sufre el apunamiento y de hecho se queda en cama hasta el mediodía: cansancio, jadeo, palpitaciones, dolor de cabeza, nauseas, mareos y ganas de vomitar. Ella paso del cero del nivel del Rio de la Plata en Buenos Aires a los cuatro mil potosinos sin pausas ni aclimatación. Yo en Tucumán pase ese trance y ahora corro cerro arriba sin mayores consecuencias. Silvia, nada de nada, ¡la cabra-mula perfecta!

De madrugada inspecciono la terminal potosina, ahora plena de actividad. Al ingresar escucho bagualas al viento y pienso que bien, música nativa: eran jovencitas que voceaban los destinos de las distintas empresas para captar pasajeros, produciendo el artístico eco en la inmensidad edilicia... Me asesoro como llegar al centro histórico, precios y horarios de buses a Oruro y La Paz, deposito de equipajes, oficina de turismo, atractivos, etc, etc.

Formulamos la denuncia en la entidad de Contralor del Transporte Público por la imprevisión de la compañía que nos toco ayer. Oficina impecable con funcionario muy atento. En tamaño grande se exhibe el cuadro tarifario indicativo de lo que se debe abonar por viajar a distintos destinos del país. Y aquí, como en cualquier terminal boliviana, carteles y altoparlantes indican constantemente cuales son los derechos de los pasajeros, aconsejan adquirir boletos en ventanilla y como valerse ante descuidistas, rateros y arrebatadores. Los baños, relucientes con arancel mínimo por uso.

Tomamos un minibus Nissan de las líneas regulares con destino a la Plaza Mayor. El servicio colectivo parece bueno y accesible. Todo el parque automotor boliviano es japonés, de segunda mano. Se adquieren en el país asiático tras el uso de uno o dos años por parte de ciudadanos que en ese lapso los cambian por cero km, estimulados por su sociedad de consumo y el potencial industrial. Viajan a Iquique, puerto chileno de operativa mundial. Los bolivianos son hábiles mecánicos y los adaptan y reacondicionan para todos los usos. Y los vehículos se adaptan con presteza a los rigores de la altura en otra muestra de la bondad de los productos japoneses. En Bolivia, los Estados Unidos perdieron un cliente.

Bajamos en la plaza principal potosina y los ojos no alcanzan para mirar tanta belleza y semejante patrimonio cultural acumulado. El centro histórico es una perfecta expresión edilicia colonial, donde la arquitectura hispánica une fortaleza, sobriedad, sencillez y galanura decorativa. Apunto la cámara fotográfica en cualquier dirección, al N, al S, arriba, abajo y obtengo postales. Allí está la Catedral con sus dos torres simétricas, toda ella en piedra tallada; la Casa de la Moneda, edificio de 20 millones de dólares en pesos de 1750; la sede de la Policía Nacional de Bolivia; los juzgados, clubes sociales, la Columna a Simon Bolívar, esmerados jardines, frondosa arboleda, césped, flores y veredas y bancos perfectos.

Todo con el telón de fondo del Cerro Rico, revestido por derrumbes ocres, rojos, cobrizos y broncíneos. Deshechos de tierra y roca de los desmontes, agujeros, galerías y túneles excavados y barrenados desde 1550 tras la plata que atesoran sus entrañas. Los españoles extrajeron el noble mineral en cantidades que alcanzaría para tender un puente de plata entre America y Europa. Potosí llego a tener 160.000 habitantes cuando Londres o Paris no pasaban de 60.000. Las historias de la corona, aventureros y grandes fortunas, se mezcla con la sangre de los indígenas, esclavos y mulas que murieron en la explotación. Hubo años que del norte argentino llegaron 45.000 mulares para reforzar la tracción a sangre con que se movía el andamiaje minero...

Ah! en el centro de la plaza se alza el Monumento a la Libertad erigido en homenaje a los potosinos que en 1810 dieron el primer grito libertario. Informados de la victoria de Suipacha, los vecinos patriotas se complotan la noche del 9 de noviembre y al amanecer del 10 avanzan sobre la plaza al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Mueran los chapetones! ¡Cabildo Abierto! y la toman. Organizan la Junta de Gobierno y redactan el Acta de la revolución: "El ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento de la Imperial Villa de Potosí, habiendo reasumido el día de hoy el Gobierno e Intendencia de esta Villa, por la inquietud pública, verificación de los anhelos en que ha fluctuado todo este fidelísimo vecindario a las laudables instrucciones de su capital y disposiciones de la Excma. Junta provisoria de ella, desde su justa instauración...".

Desde la Torre de la ex Iglesia de la Compañía de Jesus se contemplan 360° de tejados rojizos, sin obstáculos de rascacielos, únicamente sobresaltados por otras cúpulas y torres eclesiales. Predomina la edificación de dos pisos con paredes de piedra, adobe y mampostería callada a blanco puro y balcones exteriores de madera.

Una guía turística nos ofrece excursionar al Cerro Rico con descenso a las galerías a 60 metros de profundidad. De paso nos ofrece su casa como hospedaje económico para poder estirar un día más la estancia en tan prometedora ciudad. Regresamos de inmediato a nuestro hotelucho y retiramos los bártulos para realojarnos en calle La Paz a dos cuadras de la plaza principal. Condiciones modestas, disimuladas por Eliana y su madre Herminia que se desviven en atenciones y amabilidades. Ocupamos dos piecitas de techo abovedado y paredes de 80 centímetros de espesor, que me intrigan. La dueña explica que formaban parte del pasaje del Convento del Carmen, que ocupaba cuarta manzana. O sea que pernotaremos en ambientes de más de 400 años...

En el ir y venir del centro a la terminal, nos topamos con el mercado Uyuni, nudo neurálgico de las transacciones populares. Aprovechamos para aprovisionarnos de frutas y otros artículos alimenticios. Es una exposición callejera, a cielo abierto, donde se vende de todo y barato. Tipicidades en cada esquina, caso la oferta de ovejas, cabras, chanchos y llamas faenadas, pero que se ofrecen enteras, abiertas al medio, con cabeza, patas, cuero y lana...¡Nunca había visto cosa semejante! Parecía que a los pobres animales los hubiera partido un rayo...

La mañana que se presento fría al amanecer, subió de temperatura junto con el sol. Al mediodía surgieron espesos nubarrones y con el viento, sentimos el brusco cambio de tiempo: oleaje de frio y lluvia. Alcanzamos a recorrer la calleja Chuquisaca, que como todas las vías potosinas son empedradas y apenas admiten un auto de ancho, y la Iglesia de San Francisco en el sur.

Buena parte de la tarde la consumimos al reparo de la Casa de la Moneda, cuya visita es ítem obligado para cualquier tour citadino. Además de su formidable construcción, es uno de los museos más importantes del orbe. Aquí se acuñaron monedas durante dos siglos y medio. Aquí se confeccionaron los lingotes de plata que se transportaban a España, viaje riesgoso por los mares tormentosos y el acecho de piratas y bucaneros. Es hoy que los buscadores de tesoros ubican galeones hundidos con tesoros fabulosos, algunos en el fondo barroso del Rio de la Plata. Se exhiben las maquinas que el Rey proveyó y que viajaron desde Buenos Aires en 40 carretas durante un año. Son ingenios austriacos construidos en madera de encina y hierro forjado, encastrados a la perfección, sin clavos ni tornillos ni soldaduras. Enormes ruedas dentadas giran y engranan para prensar al impulso de un eje central, rotado por varias mulas en el subsuelo. El esfuerzo y el frio las mataba en tres o cuatro meses por lo que el establecimiento poseía su establo con las reservas correspondientes. Además se muestra el taller de fundición y colado de la plata con horno a leña. Y el horno de tiraje especial destinado a fundir oro que necesitaba mayor calor. También se muestra la maquinaria a vapor que en el 1800 y pico sustituyo a la de tracción mular. Y la norteamericana, eléctrica, que funciono a partir de 1909 a 1951. Formidable secuencia industrial, desde la tecnología de la Edad Media, la Revolución Industrial y el maquinismo estadounidense. Paradoja: Bolivia hoy no acuña y debe proveerse de sus monedas en Chile o Inglaterra. El país no cuenta con aval internacional para fabricar su moneda. ¡El padre de la moneda no tiene derecho de acuñación!

Además, la Casa posee una extraordinaria pinacoteca con pinturas de la Escuela Potosina con motivos religiosos, obras de hábiles y consumados artistas mestizos e indígenas. La exposición abarca varias salas en que es posible seguir la evolución y esplendor del Barroco Americano ¡que galería de luz y color!

No puede faltar la colección de platería que también ocupa varias salas. Hay toda clase de objetos de la época de esplendor: servicios de mesa, espejos, retablos, candelabros, recados de montar, jarrones, etc, etc. El gigantesco salón de mineralogía permite encontrar todos los metales y minerales que atesora el subsuelo boliviano, síntesis de la riqueza fabulosa de uno de los países mas pobres del continente y primer rubro de exportación hoy día.

En la tardecita, esquivando chaparrones recorremos otras callejuelas coloniales de encanto, la Sucre y la Quijarro, donde los balcones cerrados o abiertos, compiten en diseño y se proyectan fuera de las fachadas. La mayoría lo son de madera, pero también los hay de hierro forjado, zinc, piedra o combinados. Los farolas del alumbrado público ponen su toque lumínico. Postal multicolor!

La noche inclemente de frio, agua y viento nos acorrala en el hall del Teatro Omiste, joya colonial recién reciclada. Se presenta el Ballet Folklórico Nacional de Bolivia (con música del Trío Cavour-Favre-Domínguez, celebre expresión andina de fama mundial). La velada cierra los actos en homenaje al Bicentenario de la Revolución Potosina. Disfrutamos de dos horas del mejor espectáculo imaginable.

Retornamos "a casa" con doña Herminia y sus nietos, quien se ha revelado exquisita melómana, de fina cultura, amante de la belleza y ejemplar abuela. Queda establecida una relación casi familiar, especialmente con Marcela que se le gano bajo el ala enseguida y a quien trato como una hija. Al despedirnos e intercambiar datos, resulta llamarse Herminia YUPANQUI MONTERO de PINTO... ¡el sino de Don Ata nos acompaña y protege!

Dejamos Potosí extasiados y con pena de no disponer de más tiempo para gozarla. Y conocer sus alrededores, las termas famosas y lagunas altas ¡En el adiós queda el compromiso de volver!

Con deseos de Feliz Año Nuevo, les saluda
Schubert

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