DEL ALGARROBO AL CEREZO (1977)

Indice

Amigo lector
Primera visión de Tokio
Destino de Mijojo
Bungoro y su teatro
Sembomatsu-Bara
Mutsu, el finald e la tierra
Camino de Tokaido
El paraíso Nipon
La danza de la muerte
¡Sayonara!

 

AMIGO LECTOR

Los apuntes que sirvieron para escribir estas páginas corresponden al primero de los viajes que realicé por tierras japonesas, en 1964.
Fue ese un año de andares y sorpresas que me dejaron verdaderamente agotado, por la cantidad y diversidad de paisajes y países recorridos en doce meses.
En plena primavera argentina, volé sobre el Atlántico hasta Casabalnca, y durante semanas recorrí Marruecos: por el Sur, hasta Agadir, por el Este, hasta Tánger. Me atraganté con los dátiles de Fez, de Marrakech, de Khouridga, de Harbasoux… Gusté los dulces vinos del desierto; vi las danzas de los hombres azules; dormé bajo constelaciones desconocidas.
Descubrí sobre centenarias murrallas rosadas, en las medinas de las ciudades moras, el nidal de las cigüeñas del mundo, esas legendarias mensajeras que vuelan hasta el alba con niños que sonríen. Bajo la luna nueva comí el tradicional cordero de las festividades moras. Y partí una noche, para ya nunca más regresar.
Y mi patria, mi quería Argentina, apenas me vio unos días, porque volé sobre las cordilleras y el Amazonas hasta el valle del Cauca, en Colombia. Otro verde, con las orquídeas, la voz y la poesía, entre el Tolima y Popayán. Otro sonido de los pasos sobre gastadas piedras de monasterios coloniales, de dorados silencios. Llegó musical la tarde al Paraíso, donde vivió María, mientras Jorge Isaacs, cantaba su amor. Y fui a la tumba de María, la única tumba del mundo que solo tiene una palabra escrita sobre una clara piedra de la montaña: “¡María!”.
Retorné a los viejos algarrobos del Cerro Colorado, aquella comarca cantada por Lugones en sus Poemas solariegos. Pero no pude ensillar muchas veces mi caballo para salir hacia el monte de espinillos, garabatales y torcidas higuerillas, donde canta en su voz baja y con eternidad el “lloradero” que llaman los paisanos, la vertiente, el nacedero de agua que la montaña entrega desde su entraña remota. Porque otra vez partí, y en esta ocasión hacia lejos: Japón.
En las notas reunidas para este pequeño trabajo he procurado alejarme del acento típico de las descripciones turísticas: las ascensiones al monte Aso, donde el viejo volcán ha derramado rubíes en las cuestas: la bahía, mansa y apretada de Nagasaki, con su Casa del Alto, desde donde, en estatua de piedra, Puccini, junto a la pequeña soprano que estrenó Madame Butterfly, miran la paz de ese rincón de pescadores que llevan en la proa de sus barcas faroles de colores en la noche; la historia de los primeros mártires sacerdotes católicos degollados en el siglo XVIII por los bandidos coreanos que asolaban la isla; la gracia de la pastelería comarcana, donde el postre más amado se llama “castera”, porque lo hacían aquellos monjes, algunos de los cuales era originarios de Castilla (España), y le dieron su nombre a esa tradicional torta que acompaña el té de las tardes en Ida y Kumamoto.
No quise extenderme, repito, en detalles de carácter turístico. Hay libros para eso. Muchos y bien escritos. Yo he procurado no olvidar aquello que golpeó fuerte en mi estremecido corazón de llevador de coplas por los caminos del mundo.
Es posible que al anotar los enredados nombres de personas, lugares, lagos y caminos haya equivocado una sílaba, que tuerce así el sentido, el símbolo que cada voz de Oriente tiene destinado. Yo fijaba mis notas en el tren, o en el automóvil, o en el avión, o en un pequeño hotel que parecía hecho con biombos de papel… y silencio, Preguntaba, preguntaba sin cesar sobre paisajes, asuntos, fechas, significados. Varias personas me ayudaron mucho, Hasta sus nombres me creaban dificultades de pronunciación, problemas idiomáticos. Por eso resolví rebautizarlos. Y le llamé Ramón a Nasume Takaba. Y lo nombré Emilio a Kaninahua. Solo a Kita, mi aparcero que me enseñaba rudimentos de karate, le llamé por su nombre: Kita. Y fue invalorable para mí la amistad del poeta Hiro Hamada, dulce muchacho hispanista, traductor de Lorca y Lope de Vega, que un día tradujo mi Cerro Bayo con el nombre de “Indio Nomichi”, que quiere decir Camino del Indio. Mucho le debo también al sacerdote don Fernando de Lara el único cura católico de Morioka, allá en el Norte, tierra de hierro, nieve, bruma y áspero suelo. En cuatro años conquisto a doce nipones entre los más antiguos seres venidos del budismo. “Es toda una conquista”, me decía. Y caía la nieve sobre el pequeño templo mientras yo cantaba vidalas de Santiago y estilos del sur de mi tierra para ese puñado de gente silenciosa, inmóvil.
Tuve también chascos, respuestas que me dejaron preso de una sensación de ridículo. Pasando por un ancho camino, vi, a trescientos metros, la ruta cortada por un inmenso monumento de piedra y de hierro. Un samurái quizás. Un jinete imponente, con la cintura llena de distintas espadas, puñales y una lanza de bambú, lista para herir, en su mano derecha.
Casi al enfrentarme a esa obra monumental, le pregunté a mi amigo japonés: “¿Qué es esto? ¿Qué significa eso, mi amigo?”.
El nipón miró como miran casi todos: como cerrando los ojos. Observó detalles del hombre, del caballo, del basamento, en un rápido examen, y luego me respondió con voz de sentencia inapelable: “Es una estatua”.
Eso es todo. Cuando partí de Japón, salí sin guitarra, porque la regalé: se la entregué a un guitarrista japonés que tocaba temas argentinos. Su nombre era un jeroglífico para mí. Le pregunté acerca del significado de su nombre. Me respondió: “Mi nombre quiere decir Río del Corazón”. Entonces, yo lo rebauticé, como lo había hecho con Ramón y Emilio. Le llamé, esta vez en lengua quechua, Sonko-Mayú, que significa lo mismo: Río del Corazón. Y este mozo, desde entonces graba discos, tiene alumnos, y se anuncia permanentemente con su nuevo nombre de Sonko-Mayú, ya definitivo para él.
Y aquí siguen, en tropel desordenado, los asuntos que resonaron en mi adentro. Un compatriota artista, guitarrista y pintos, Santiago Paz, se puso a la tarea de fijar el ambiente en algunas notas*. Paz vive en Palma de Mallorca, adonde a veces el Mediterráneo me ofrece un rincón quiero para el cansado corazón que llevo por los caminos.
Charlamos, evocamos yo mi pampa húmeda, y él su Chubut,  su Río Negro, su Neuquén. Paz encuentra el camino de Bach. Yo sigo el reclamo desesperado de las bagualas. Y así, va la vida, Y aquí están aquellos recuerdos de un viaje al Japón.

Atahualpa Yupanqui
París, 1976.

*En referencia a los dibujos que ilustran la primera edición de 1977, Aguilar Ediciones, Madrid.

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SEMBOMATSU-BARA

Ay del que llega sediento
y mira el agua correr.
Y dice: «La sed que siento
no se calma con beber.»

ANTONIO MACHADO

Este es el lago sagrado, el Biwa, de claras aguas aceradas. Una suerte de colinas y cerros lo separan del mar.
Y cuando la flor del cerezo comienza a anticipar primaveras en el monte, la nieve rompe su silencio y ensaya un canto de cristal sobre las piedras. Y se hace hilo de agua, senda viajera, arroyo travieso.
Y todos sus frescores van al Biwa. Y le cuentan las cosas que oyeron en el monte durante el invierno. Le cuentan las canciones de los leñadores (hombres de hacha filosa, vincha gris y zapatones de madera). Le cuentan el amor de las muchachas en los pinares, la ronda de los cazadores, la leyenda que siempre está en boca de los abuelos, mantenedores de la juglaría.
Por ellos, por los abuelos, saben los niños lo mejor y más antiguo de la comarca. Saben, y no lo dudan, que una vez hubo un gigante, muy gigante y muy sabio que extrajo lodo del fondo del Biwa, y amasándolo con piedras de colores hizo una montaña que llamó Fujiyama, para que todos los seres lo miren como símbolo y sepan que está hecho con voluntad y con tiempo, con toda la fuerza de la fe. Y ahí está el Biwa, entre el Fuji y el mar. Hay un cerro menor, el Shinyu-óka, que significa: Cerro Callado, Cerro del Silencio. Hasta su peña alta van los pescadores después de una desgracia. Cuando el mar se hace tumba, los hombres de la costa preparan un arpón de madera. Y lo cubren de flores. Y sobre el tope, una antorcha. Y van en caravana por un sendero angosto hasta la cima del Shinyu-óka. Allí descansan un instante, y luego, todos de pie en la noche poblada de candelas, piensan en los muchachos que el mar ha sepultado. Nadie habla. Piensan lo mejor, que es la mejor manera de rezar.
El Cerro del Silencio recibe todas las vibraciones, que un día han de rodar hacia el Biwa, cuando el sol de abril convierta las nieves en cánticos y lloros.
Una fría mañana de febrero trajiné esa comarca, desde Hamamátsu hasta Kioto, la antigua capital del Nipón.
Como un rabdomante con su vara de mimbre, yo buscaba también un jagüel de leyendas, portando una guitarra argentina y un viejo poncho provinciano. Así atravesé el túnel de nueve kilómetros. Así topé el camino del Shinyu-óka. Así llegué en la tarde a una aldea, Sembomátsu-Bára, el «Cerro de los mil pinos». Ahí nomás, pasando los pequeños arrozales, el Biwa. Y al otro lado, el mar.
Es muy difícil penetrar en los recovecos del alma japonesa. Este pueblo tiene muchos siglos de vida-caracol, metido en sí mismo. Los dioses manejan toda su conducta. En el pueblo, el budismo, especialmente la secta del Tzen. En la burguesía y la vieja aristocracia, el sintoísmo, que es la auténtica religión japonesa. Y desde sus comidas hasta su saludo, el viaje, la familia, el lugar, la palabra y el color de las ropas, todo está determinado por un antiguo ritual.
Todos se ayudan para vivir, pero nadie intenta evitar la muerte de nadie. Quizá por eso el suicidio está considerado por los sociólogos como endemia permanente en el país.
Quizá por eso una noche, en Sembomátsu-Bára, murió el último poeta romántico de la región: Boksuí.
Pasada la tragedia de la guerra, Boksuí volvió a su aldea. Como era leñador, tornó a los montes y siguió trabajando en su oficio. Oficio ritual, pues antes de herir la madera se abrazaba al árbol y besaba la corteza, como quien saluda a un ser querido.
Dos veces a la semana cargaba de astillas un viejo carro y marchaba a la ciudad. Repartía su leña entre la clientela, y al pasar por la pequeña imprenta dejaba un poema, y volvía luego lentamente, como si cargara todo el paisaje sobre su corazón, a su choza del «Monte de los mil pinos»
Pero la guerra había traído la destrucción y la pobreza. Y las gentes sencillas de la ciudad no podían pagar la mercancía. Boksuí dijo: «No importa». Y siguió por mucho tiempo atendiendo lo mismo su trabajo, haciendo versos, mirando las brumas del Biwa en el invierno, viendo a lo lejos los techos de las casas y las breves chimeneas por donde se escapaba el humo de los hogares. Y el humo era el alma de sus pinares, el rigor de sus manos, el beso y hachazo del hombre en la primera luz de la mañana.
Ya no tenía tabaco para su pipa. Su cajón de legumbres estaba vacío. Pero Boksuí pensaba en los demás, en los vecinos, en los niños, en el invierno bravo.
Un mediodía bajó a la ciudad con su carro cargado de astillas. Era su último viaje, y el quizá lo sabía.
Al pasar por la imprenta de sus amigos dejó un poema:

Cuántos montes tendré que atravesar,
cuántos ríos, cuántos lagos,
para llegar, al fin, a una región
donde no tenga cabida
la tristeza...
(Fragmento del último poema de Boksuí)

Volvió a su choza de Sembomátsu-Bára. Los aldeanos lo encontraron muerto sobre su «tatámi», la estera de juncos. En su fogón no había rastros de un palo de leña. Todo lo había dado, lo había repartido por ahí.
Cuando la muerte lo fue a buscar, acababa de cumplir cuarenta y cuatro años. Además de un gran recuerdo, dejó sus poemas, que los amigos reunieron en un volumen con el título de su región: Sembomátsu-Bára.
Todos los años, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, van a la choza de Boksuí los poetas, los pintores y los aldeanos. Allí encienden el fogón y arrojan hierbas aromáticas. Y dicen poemas y cantan alguna canción.
Yo hubiera querido cantar esa tarde, pero apena, pude cajonear una vidala sin palabras: Lloran las ramas del viento. Y en verdad, había un viento extraño que pasaba silbando por entre los pinares, estremeciendo los juncos orilleros del Biwa.

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