EL CANTO A LA TIERRA... ¿arrasada?

Paisajes, cultura e identidad

El canto a la tierra… ¿arrasada?

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Al igual que los paisajes originales, las expresiones folklóricas tradicionales se van transformando, acompañando los pulsos de deterioro. Cuando los ecosistemas se desdibujan nuestra identidad cultural se ve amenazada.

Por Claudio Bertonatti*

Cuando leemos los libros y escuchamos la discografía de Atahualpa Yupanqui (1908-1992) queda en evidencia su apasionado talento para escribir poesías y lograr que su guitarra revele emociones, vivencias, conocimientos, rasgos o ritmos del paisaje argentino. Pero ese paisaje no permanece estático e inmutable a lo largo del tiempo. Desde que nació Yupanqui hasta hoy fue sufriendo un proceso de cambios forzados por la acción humana, con un deterioro elocuente de los ecosistemas silvestres. No caben dudas que se han desdibujado, reducido en superficie, empobrecido en su elenco de especies y fragmentado en parches o “islas” discontinuas separadas por campos agropecuarios, áreas desmontadas, poblados y otros ambientes antropizados o recreados por el hombre. Dicho de otro modo, queda menos naturaleza argentina.

Del mismo modo que los paisajes silvestres se reducen en superficie y calidad, también, las raíces del folklore. Porque ese conocimiento popular tan diversificado (en mitos, leyendas, creencias, costumbres, topónimos, indumentaria, gastronomía, artesanía, literatura y música, por mencionar algunas de sus ramas) se erosiona y va perdiendo fertilidad para que germinen expresiones artísticas auténticas, con anclaje ancestral. Esto es fácil de percibir cuando uno sale a recorrer campo adentro. Hablar hoy de Coquena o Llastay (los seres sobrenaturales protectores de la fauna en el noroeste argentino) parece cosa de ancianos amenazados de extinción. Preguntar a un joven patagónico cuál es el nombre de un puñado de pájaros silvestres de su entorno suena más a un acertijo o adivinanza que a una demostración de conocimientos. Indagar a una chica del litoral sobre el uso medicinal de un “yuyo” probablemente provocará extrañeza por nuestra curiosidad “primitiva”. Y mejor no preguntar por qué esa montaña cuyana lleva ese nombre raro de pronunciar…

Y para rematar, cuando nos detenemos a escuchar las últimas composiciones musicales de los representantes más difundidos de nuestro folklore actual comprobaremos que no escapan a este desconocimiento o alejamiento de la naturaleza. Tiene explicación lógica. Un artista se inspira en su entorno y si ese entorno silvestre se modifica por otro más doméstico y urbano, desaparecen de escena -poco a poco- las singularidades que lo distinguían. El poeta que antes salía a caminar y se topaba con un algarrobal, hoy lo hace con un algodonal y quien salía a contemplar los pastizales pampeanos con venados y ñandúes hoy observa un horizonte tapizado de soja. Entonces, ¿con qué podrá inspirarse? Y, ¿a qué pretendemos que le cante? El artista que no salga a buscar la naturaleza difícilmente la encontrará. Y si no la encuentra, la sustituye por su “universo” más inmediato, el rural (ya globalizado) o el urbano, que –convengamos- es muy parecido en todo el mundo. Está claro: existe una autopista que puede conducirnos velozmente a la pérdida de identidad, porque -en definitiva- la “personalidad” de una nación se nutre de dos grandes ingredientes: el conocimiento de su pasado y el de su paisaje original. Y el deterioro ambiental se potencia con la fragilidad de nuestra memoria. Esto queda en evidencia ante el descuido o abandono de aquella línea del folklore musical dedicada a lo histórico, como la que supo narrar los días del General Lavalle (Ernesto Sábato y Eduardo Falú), el Manco Paz (Carlos Di Fulvio), El Chacho Peñaloza (Jorge Cafrune), Güemes (Hernán Figueroa Reyes), Rosas (Los Federales) o Sarmiento (Osvaldo Iribarren y Carlos Garcés).

Ante este panorama, las zambas, chacareras, bagualas o milongas que le canten a lo más tradicional de nuestro paisaje se van transformando en piezas museológicas o de colección. Lo mismo sucede con danzas tradicionales con nombres elocuentes, como “La Calandria” y “El Colibrí”. Mientras tanto, emergen los artistas más consagrados con canciones cuyas letras –si fueran leídas- podrían ser acompañadas por música de bolero, negro espiritual u otra cualquiera, porque no se identifican rasgos propios o exclusivos de lo argentino. Este fenómeno se replica en otros campos del folklore, como sucede con dramatismo en la artesanía, de la cual nos ocupamos en otro artículo tiempo atrás (Vida Silvestre Nº 98).

Volviendo a Yupanqui, tengamos presente que él no se propuso cantarle específicamente a la naturaleza: lo hizo de modo instintivo. Era natural hacerlo, porque se trataba de lo que rodeaba su mirada y le inspiraba pensamientos y emociones. Fue un observador tan agudo que vislumbró el riesgo que hoy denunciamos: “Yo aspiro a ser un tradicionalista. Pienso que de acuerdo al ritmo que llevan estos tiempos, a la marcha de los relojes de esta época, de acuerdo a como se compone lo que se llama el ´nuevo folklore´, la ´nueva canción argentina´, el ´nuevo texto´, las ´canciones del mañana´, eso que uno ve con gran profusión y difusión, dentro de cincuenta años ningún niño argentino va a saber cómo era la Zamba de Vargas. Va a haber una confusión tan grande de ritmo, de manera de decir, de acentuar, de afirmar el acento rítmico, el juego musical, guitarrístico o pianístico, ese bote va a navegar de tal manera para cruzar rápido el río, que ya nadie se va a acordar cómo era hacerlo dulcemente sobre la antigua corriente; el río que pasa”.

Si lo releemos su cancionero (www.atahualpayupanqui.org.ar) o lo escuchamos en “Cardoncito de la loma”, “Sin caballo y en Montiel”, “Sacha puma”, “Zamba del grillo”, “Danza de la paloma enamorada”, “Lindo Cerro Colorado”, “Vidala del cardón”, “Adiós, quebrachito blanco”, “La colorada”, “No me dejes partir viejo algarrobo” o “Córdoba Norte” (por citar algunos ejemplos) percibiremos lo nutrido que está su canto del paisaje argentino. Y cuando nos topamos con canciones sobre letras que no eran suyas, como las del inmortal uruguayo Romildo Risso, podremos apreciar la profundidad del conocimiento natural aplicado en sus analogías entre las personas y las plantas o animales, como sucede ante “El Aromo” y la “Canción de los horneros”. Él lo expresó claramente: “lo que cuenta es fijar un acontecimiento del alma o de la tierra y, si es posible, con belleza. Si eso es poesía, muchas gracias, es poesía”.

Por todo esto, hoy no podemos menos que sentir cierta perplejidad cuando escuchamos su voz y sus versos grabados:

Agua le di a un garabato
que se estaba por secar.
y me ha pagado con flores
que alegran mi soledad.

Pero, ¿qué es un garabato para la mayoría de los argentinos? Seguramente, para la enorme mayoría hoy representa más un mamarracho sobre un papel que ese modesto y espinudo arbolito del centro del país al que Don Atahualpa hace referencia. ¿Cómo podemos interpretar, entonces, el talento de un artista si no conocemos el paisaje o las especies a las que dedica su canto? Y si los artistas dejan de cantarles (porque ya no las reconocen) las nuevas zambas podrán dedicar versos al fast food, el colectivo, el cajero automático, el acuario o el supermercado chino. Y –sin fundamentalismos- hasta podríamos aceptarlo, pero si estos no sustituyen los demás temas que acompañaron tradicionalmente las expresiones folklóricas más auténticas hasta no hace tanto tiempo.

Cuando nos anoticiamos sobre la desaparición física de Marcelo Berbel en Neuquén, de Suma Paz en Buenos Aires o de Sixto Palavecino en Santiago del Estero el vacío es grande porque no hay una clara “segunda línea” que pase al frente a cantarle a nuestra tierra con el mismo nivel de conocimiento. Pero al igual que sucede con los desafíos ambientales esta no es una causa perdida. Los artistas todavía están a tiempo de volver a mirar todo esto, a redescubrirlo, a revalorarlo y volver a cantarle. Mientras tanto, podemos asumir dos gratas tareas: escuchar los históricos referentes folklóricos y salir a caminar por el paisaje mejor conservado. Confiemos en que la inspiración natural volverá sin lugar a dudas.

*Claudio Bertonatti: Director, Revista "Vida Silvestre". Secretario de la Fundación Atahualpa Yupanqui.

 

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